Tsegué Henríquez González nació en Etiopía y creció entre dos culturas. Adoptada en su
infancia, transformó sus cicatrices en fuerza y sus miedos en aprendizaje. Gracias al amor y
cuidado de su familia, descubrió la luz y aprendió que, incluso con heridas, siempre es
posible florecer y volar.